Mala mano

Encendió un cigarro. Por costumbre cubrió el fuego con su mano como si el viento se lo fuera a apagar. Con los ojos entrecerrados por la molestia del humo que subía hacia ellos, dejó su encendedor de plástico rojo a un costado. Con el seño fruncido tomó las cartas que estaban sobre la mesa y las orejeó para ver si tenía algo para el tanto. Con el cigarro colgando a un costado de la boca le dijo a su ocasional rival: 

-Hablás vos. 

-Envido. Le escupieron en la cara.

Miró de reojo el anotador para ver cómo iba el tanteador, para ver si arriesgaba una mentira o si le convenía ser prudente. Optó por la prudencia, estaba al filo de perder pero no tan desesperado como para jugarse entero. 

-No ha venido. Contestó. 

-¿Entonces... qué se dice? Le preguntaron. 

-No quiero. 

Le jugaron una negra. ¿La dejaría pasar o la reventaría? Quería hacer la primera pero dejaba todo ahí, y ahora sí iba a tener que mentir. Tal vez la mano no tuviera nada, tal vez esa negra era todo y lo estaba probando. Él tenía un poco. Decidió reventarla con un tres y antes de apoyar la segunda correrlo. Con la carta por sobre su cabeza gritó:

-¡Truco!

Tratando de ser convincente, de que su voz y sus ojos dijeran que tenía mucho en la mano. 

-Quiero... hasta ahí. Le contestaron.

No le salió demasiado bien la jugada, tal vez su rival estaba cargado realmente. Jugó un lastimoso siete de copas y en la mano no le quedaba nada. 

-Quiero re truco a esa miseria. Le dijeron. 

Ya casi estaba afuera, dijera lo que dijera. Si bien se jugaba demasiado y tal vez un "no quiero" le daba una mano más, en esa otra iba a tener que querer obligado todo lo que le cantaran. 

-Quiero vale cuatro entonces, a ver quién es mejor cantor. 

-¡Así te van a querer en tu casa! -Fue la respuesta- ¡Quiero!

Le mataron el pobrísimo siete de copas con otra negra y después apoyaron el garrote sobre la mesa, el mismísimo ancho de vastos que no había aparecido en toda la partida se había hecho presente. Le habían mentido el tanto. Apagó el cigarrillo que se había consumido solo en el cenicero y, sin mostrar lo que tenía en la mano, guardó la carta en el mazo. Agarró el lápiz y cerró el tanteador. Su rival se levantó y con un gesto como de consuelo, le dijo: 

-Mañana vengo a cobrar, tratá de aprovechar el día.

Así que la parca tomó de su lado la guadaña con su huesuda y fría mano, se acomodó la capucha negra y, antes de dejar la habitación, lo miró una vez más, diciendo. 

-¡Qué va a ser humano, no ligaste!

Él encendió otro cigarrillo.


Hubert, Damian (2012) Futuros cuentos clásicos. Vol III. BS. AS

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