Rabanal, R, (1996), Cita en Marruecos.
Una tarde, conocí a una mujer que había estado casada con un médico emparentado con uno de mis amigos. La vi sentada y me gustaron sus piernas, sólidas, largas y bien moldeadas, y también me pareció que sus ojos emitían un reclamo ancestral, evidente aunque controlado. De modo que empezamos a salir, y muy pronto advertí que no me gustaba su maquillaje, tampoco su perfume. Siempre había algo demasiado subido, o demasiado apagado en sus mejillas. Sus párpados cargaban una sombra excesiva o innecesariamente suave pero ostensible. Siempre faltaba o sobraba algo. Su perfume difundía una acidez opresiva y pretenciosa, era un perfume que proclamaba una sexualidad flamante pero falsa. Era el tipo de perfume que habría elegido una maestra solterona para disfrazarse de mujer fatal la noche de su cumpleaños.
Una noche, mientras nos disponíamos a salir, observé que se maquillaba a las apuradas, sin ninguna aplicación y casi a disgusto, sin la menor idea de lo que estaba haciendo, como si el supremo acto del maquillaje (eso pensaba yo cuando era hombre estragado por la ciudad) no fuese uno de los momentos más altos de la erótica femenina. Entendí que ella lo ignoraba.
Entonces descubrí de golpe que tampoco me agradaba su risa. En realidad, descubrí que detestaba su risa. Cada vez que algo le hacía gracia (jamás las cosas que a mí me hacían gracia) expresaba una suerte de padecimiento intolerable, se encogía y contorsionaba como si una fuerza incontenible la obligara a tragar cucharadas de hidróxido de potasio. Su risa, en fin, era una catástrofe.
Me di cuenta de que la odiaba. Era una mujer que despertaba en mí una acalorada hostilidad y los más confusos y peores sentimientos. No podía entender qué estaba haciendo con ella, ni por qué le había permitido que se ocupara de mi vida. Repentinamente, descubrí que disfrutaba haciéndole el amor precisamente porque la odiaba. Entonces advertí que empezaba a degradarme.
Una noche, a la vuelta de una reunión con un grupo de gente más bien aburrida pero sobre todo insípida, le confesé que todo aquello que me estaba resultando francamente insoportable. No entendió a qué me refería (era una de esas mujeres que prefieren tomarse un tiempo antes de entender claramente las cosas). Pero cuando entendió, me dijo que la gente que acabábamos de dejar, a ella le había parecido correcta y “encantadora”. Le dije que a mí me había parecido todo lo contrario, pero que de todas maneras me repugnaba la gente que ella consideraba correcta y “encantadora”.
Me miró alarmada y dijo (por supuesto): “No te entiendo”. Entonces expliqué cuidadosamente mis sentimientos y ella me escuchó y quiso interpretarlos (otro detalle demoledor: no podía hablar de nada sin antes interpretarlo) u le pedí por favor que no lo hiciera. Sin embargo lo hizo: pertenecía a ese tipo de personas irreductiblemente interpretativas, afianzadas en la liturgia vulgar del psicoanálisis defensivo. Era del tipo de personas que jamás ven su error o fracaso y que de inmediato argumentan, justificándolos, anulándolos o convirtiéndolos, de manera demencial, en verdades irrefutables y en éxitos indiscutibles.
Así que interpretó mis palabras y dijo que estaba convencida de que yo la amaba (ése fue su mayor error), pero era incapaz de permitírmelo, porque si lo hacía estaría quebrando la lealtad a la memoria del amor que había sentido por Cora.
Supongo que habré enrojecido de furia. Le dije entonces que, precisamente, esos argumentos no hacían más que confirmar mis sentimientos hacia ella y que, en verdad, a veces, empezaba a sentir deseos de asesinarla. Recuerdo que se puso blanca y se agitó como una llama en el aire a punto de extinguirse. De inmediato se echó a reír nerviosamente (a tragar incesantes cucharadas de hidróxido de potasio) y cuando paró de reír con un gesto de extremo dolor, se recompuso de inmediato y susurró que yo acababa de confesarle la totalidad de mi pasión sexual.
Por primera vez advertí que era en verdad fea.
Por primera vez sus rasgos se destacaron en la plenitud de su falta total de armonía. Lo que antes me había parecido discreto ahora resaltaba como mezquino. Todo era pequeño y estirado en su cara. No tenía mentón. Sus ojos se juntaban a los costados de una nariz irreparable, no pequeña, tampoco grande, pero absolutamente anodina y ligeramente arqueada hacia la derecha. Sus ojos también eran chicos, bajo unos párpados estirados y ligeramente muertos. He aquí al animal menos codiciable de la comarca, me dije, y pensé: “Te detesto”. Pero yo mismo me detestaba por haberla deseado y gozado como lo había hecho.
Era una calamidad, una especie de virus encarnado en la forma de una mujer, así que no tuve más remedio que decirle lo que nunca le había dicho a ninguna otra: que no deseaba verla nunca más. Enfurecida, me contestó que yo carecía de auténtico afecto y “voluntad participativa”, y me dijo también que estaba intoxicado de pobres sentimientos superficiales, y que era un cobarde y un depravado y que mi departamento era una estación polar abandonada, llena de goteras y de corrientes de aire malignas.
Todo lo que me dijo esa noche me pareció verdadero e indiscutible y me alivió mucho y me sentí dichoso de saber que jamás volvería a verla. Pero su perfume inverosímil se quedó pegado a las paredes de aquel departamento como un reproche pertinaz o como el testimonio amargo de un error.
(pp. 48-52).
Rabanal, R, (1996), Cita en Marruecos, Bs. As. Argentina, Seix Barral.
Una noche, mientras nos disponíamos a salir, observé que se maquillaba a las apuradas, sin ninguna aplicación y casi a disgusto, sin la menor idea de lo que estaba haciendo, como si el supremo acto del maquillaje (eso pensaba yo cuando era hombre estragado por la ciudad) no fuese uno de los momentos más altos de la erótica femenina. Entendí que ella lo ignoraba.
Entonces descubrí de golpe que tampoco me agradaba su risa. En realidad, descubrí que detestaba su risa. Cada vez que algo le hacía gracia (jamás las cosas que a mí me hacían gracia) expresaba una suerte de padecimiento intolerable, se encogía y contorsionaba como si una fuerza incontenible la obligara a tragar cucharadas de hidróxido de potasio. Su risa, en fin, era una catástrofe.
Me di cuenta de que la odiaba. Era una mujer que despertaba en mí una acalorada hostilidad y los más confusos y peores sentimientos. No podía entender qué estaba haciendo con ella, ni por qué le había permitido que se ocupara de mi vida. Repentinamente, descubrí que disfrutaba haciéndole el amor precisamente porque la odiaba. Entonces advertí que empezaba a degradarme.
Una noche, a la vuelta de una reunión con un grupo de gente más bien aburrida pero sobre todo insípida, le confesé que todo aquello que me estaba resultando francamente insoportable. No entendió a qué me refería (era una de esas mujeres que prefieren tomarse un tiempo antes de entender claramente las cosas). Pero cuando entendió, me dijo que la gente que acabábamos de dejar, a ella le había parecido correcta y “encantadora”. Le dije que a mí me había parecido todo lo contrario, pero que de todas maneras me repugnaba la gente que ella consideraba correcta y “encantadora”.
Me miró alarmada y dijo (por supuesto): “No te entiendo”. Entonces expliqué cuidadosamente mis sentimientos y ella me escuchó y quiso interpretarlos (otro detalle demoledor: no podía hablar de nada sin antes interpretarlo) u le pedí por favor que no lo hiciera. Sin embargo lo hizo: pertenecía a ese tipo de personas irreductiblemente interpretativas, afianzadas en la liturgia vulgar del psicoanálisis defensivo. Era del tipo de personas que jamás ven su error o fracaso y que de inmediato argumentan, justificándolos, anulándolos o convirtiéndolos, de manera demencial, en verdades irrefutables y en éxitos indiscutibles.
Así que interpretó mis palabras y dijo que estaba convencida de que yo la amaba (ése fue su mayor error), pero era incapaz de permitírmelo, porque si lo hacía estaría quebrando la lealtad a la memoria del amor que había sentido por Cora.
Supongo que habré enrojecido de furia. Le dije entonces que, precisamente, esos argumentos no hacían más que confirmar mis sentimientos hacia ella y que, en verdad, a veces, empezaba a sentir deseos de asesinarla. Recuerdo que se puso blanca y se agitó como una llama en el aire a punto de extinguirse. De inmediato se echó a reír nerviosamente (a tragar incesantes cucharadas de hidróxido de potasio) y cuando paró de reír con un gesto de extremo dolor, se recompuso de inmediato y susurró que yo acababa de confesarle la totalidad de mi pasión sexual.
Por primera vez advertí que era en verdad fea.
Por primera vez sus rasgos se destacaron en la plenitud de su falta total de armonía. Lo que antes me había parecido discreto ahora resaltaba como mezquino. Todo era pequeño y estirado en su cara. No tenía mentón. Sus ojos se juntaban a los costados de una nariz irreparable, no pequeña, tampoco grande, pero absolutamente anodina y ligeramente arqueada hacia la derecha. Sus ojos también eran chicos, bajo unos párpados estirados y ligeramente muertos. He aquí al animal menos codiciable de la comarca, me dije, y pensé: “Te detesto”. Pero yo mismo me detestaba por haberla deseado y gozado como lo había hecho.
Era una calamidad, una especie de virus encarnado en la forma de una mujer, así que no tuve más remedio que decirle lo que nunca le había dicho a ninguna otra: que no deseaba verla nunca más. Enfurecida, me contestó que yo carecía de auténtico afecto y “voluntad participativa”, y me dijo también que estaba intoxicado de pobres sentimientos superficiales, y que era un cobarde y un depravado y que mi departamento era una estación polar abandonada, llena de goteras y de corrientes de aire malignas.
Todo lo que me dijo esa noche me pareció verdadero e indiscutible y me alivió mucho y me sentí dichoso de saber que jamás volvería a verla. Pero su perfume inverosímil se quedó pegado a las paredes de aquel departamento como un reproche pertinaz o como el testimonio amargo de un error.
(pp. 48-52).
Rabanal, R, (1996), Cita en Marruecos, Bs. As. Argentina, Seix Barral.


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