Un mal trato.
Entré
a la habitación, tomé el libro de Charles Bukowski - El Cartero, el cual estaba sobre la mesa de luz, y opté por sentarme casi indecidida
en mi sillón cama, sólo alcancé a hojear un par de páginas
tratando de buscar por cuál de ellas me había quedado antes de que
llegara él.
Irrumpió
minutos antes de mi concentración -debo admitirlo- , entró sin
tocar la puerta y vi que su aspecto era muy poco común, no pasaba
del metro sesenta, edad indeterminada entre unos setenta a setenta y
cinco años, al ver su rostro noté que era atípico – por lo menos
para mí lo era-, cabello largo y blanco que le llegaba hasta los hombros, de cara alargada, nariz grande, ojos grises como ceniza pequeños y
hundidos, de piel seca y arrugada con poco higiene, recuerdo que
observé que vestía desaliñado un traje negro y desgastado, a parte de su
aspecto presentí que su maleta no traía nada bueno para mí.
Lo
saludé desde la cama y lo invité amablemente a que se siente en
ella, en lo único que pensaba era en seguir concentrando esa
serenidad en mi rostro y voz, sólo para que él no notara mi temor
ante su presencia.
-Yo
sé lo que querés, lo pude oler a lo largo de todo éste viaje
-dijo.
-Me
encantaría que lo supieses verdaderamente y que no me estés engañando -respondí.
De
cierta manera, aunque suene extraño, confieso que seguí la
corriente con cierta curiosidad, aunque el temor me ganaba, y algo
más que la curiosidad evitaba que me marche por lo sano de allí.
Quizá el pavor de que al pretender salir de allí se cuelgue por mi
espalda e intente asfixiarme o simplemente matarme.
-Sé
que ésto te va a servir, escúchame... te concedo todo lo que
necesitas en tu vida, todo lo que te puedas imaginar, todo eso que
necesitas, sólo tenes que firmarme acá y el trato está hecho-
expresó.
De
su maleta sacó un sobre de color dorado, tenía aspecto a una
invitación, en el intento de abrirlo con sus estúpidas y robustas
manos terminó por romperlo, retiró de allí un cartón pequeño,
extendió su mano boba y me lo otorgó.
Lo tomé con mi mano izquierda y en ese cartón pequeño estaban todos mis datos personales, ¡quedé atónita! ¿de dónde me conocía tanto?, ¿me venía siguiendo, desde qué lados?, ¿desde cuándo?, ¿de dónde venía él?, seguramente desde lejos, tanto así que opté por pensar que era un sicario que quería engañarme para llegar a un fin propio, -el de su satisfacción-, alguien que no ha parado de viajar en ningún momento, ni si quiera para asearse. Sospeché de inmediato que donde hay un trato algo hay que entregar, aunque sea algo mínimo.
Lo tomé con mi mano izquierda y en ese cartón pequeño estaban todos mis datos personales, ¡quedé atónita! ¿de dónde me conocía tanto?, ¿me venía siguiendo, desde qué lados?, ¿desde cuándo?, ¿de dónde venía él?, seguramente desde lejos, tanto así que opté por pensar que era un sicario que quería engañarme para llegar a un fin propio, -el de su satisfacción-, alguien que no ha parado de viajar en ningún momento, ni si quiera para asearse. Sospeché de inmediato que donde hay un trato algo hay que entregar, aunque sea algo mínimo.
-Déjame pensarlo -dije.
-No
puedo darte tiempo, tiene que ser ahora, el tiempo corre para mí,
tengo que cerrar otros tratos más -respondió ansioso.
Cuando
levanté la mirada del cartón su cara se había tornado malévola.
-Entonces
sí estás apurado deberás volver en otro momento, no me gusta que
me apresuren -respondí indiferente mientras jugueteaba con el
cartón.
-¡ESCÚCHAME NENA, YO TE VENGO A DAR UNA OPORTUNIDAD O DECIDÍS AHORA O TU VIDA
SEGUIRÁ SIENDO DESPRECIABLE COMO LA VENÍS SINTIENDO!-respondió elevando la voz ronca.
-No
te enojes, ¿qué hay que dar a cambio? -respondí con mi voz serena,
escondiendo el miedo que su voz me había producido.
-Nada
-con una mueca que no inspiraba para nada confianza a lo que
afirmaba.
-Me
parece que me querés engañar, pero... siempre algo hay que
entregar, de eso lo sé, y pienso que no estaría tan dispuesta a
entregar eso que ambos estamos pensando.
Pensé,
como en las películas, que se trataba de un pacto, de perder a todos
tus familiares, amigos incluso conocidos por ganar qué, ¿felicidad,
amor, una buena posición laboral a futuro, viajes, dinero a
montones?.
Me
levanté lentamente de la cama con el ceño fruncido sin despegar mi
vista del cartón, sólo para evitar mirar en qué se había
transformado su rostro ahora. Quedé parada en medio de la habitación, inmóvil, leía murmurando por lo bajo como si estuviera concentrada
en ese algo que ya sabía de memoria, presentía su mirada, esa
sensación de calor en la nuca que te produce cuando alguien te
observa, donde se piensan que no sentís que te observan.
Abrí
los ojos, y la habitación estaba oscura, tomo el celular que estaba
en la mesa de luz posado sobre el libro de Charles, miro la hora 15:38, de nuevo llegaba tarde, siempre tarde a cursar.

Comentarios
Publicar un comentario